Planetesimal
En la caótica, exótica y polvorienta biblioteca que el doctor y la americana montaron, ladrillo a ladrillo de letras, se colaron algunos ejemplares que yo traje de mis viajes improvisados a finales de los 1980s. El psicodélico periplo por los rincones oscuros de esa época oscura y controversial del Grateful Dead, de la primavera del 1988, la presencia de uno de mis primos en Boston me motivó a decir 'aquí me bajo, hasta aquí llega el camino'.
Las semanas de constante viaje de ciudad en ciudad desde Atlanta a Worcester, Mass., habitando esa población nómada comprometida con seguir a los Muertos Agradecidos, dejó de ser algo asombroso y transformador cuando un policía encubierto intentó arrestarme por vender camisetas tye-dye sin permiso de la ciudad. Una inesperada pelea entre extraños distrajo al oficial de lqa ley lo suficiente como para salir corriendo y escabullirme entre la ralea multicolor de la fiel audiencia que se identificaba como los Deadheads. Yo fui una especie de lo que no hace mucho Gladwell popularizó con el término de 'outlier'. Yo, sin saberlo, había desarrollado lo que ahora se reconoce como el 'síndrome o trastorno del impostor', o el colao en buen boricua. No era parte de, pero me acogieron como si lo fuera. Esa gira de primavera de 1988, cuando la legendaria agrupación se sumía en el desenfrenado consumo de drogas y su popularidad comenzaba a atraer a otro tipo de fanático, oriundo de las antiguas fraternidades de la Nueva Inglaterra y los herederos de fortunas generacionales acumuladas por la labor forzada y la salvaje industria ballenera de Nantucket, Gloucester y demás comunidades oceánicas, pues esa gira merece su propia historia.
Basta con decir que llegué a la 11 Carlton Street de Brookline, Boston. Donde junto al Fenway Park yacía aquella casona enorme de tres pisos donde la hermana gemela fraterna de mi madre nos había recibido tantas veces durante nuestras vacaciones familiares en la década del 1970. En abril de 1988 sólo estaba el hijo mayor, si mal no recuerdo, ocupando el tercer piso mientras le alquilaban los pisos de abajo a los estudiantes de las universidades cercanas.
El encuentro no fue agradable. El desdén por mi pelo largo, mis harapos curtidos por tanta calle y tanto vuelo sobre las alas del LSD, sólo sirvieron para establecer el rechazo contundente de un criptógrafo militar que además había sido dotado con el ojo fotográfico innato de las gemelas. Otra historia más que se merece el cuidado y detalle compartido con una casona antigua llena de historias, secretos, habitaciones atestadas de ebanistería decimonónica y espacios sorprendentes.
A los 18 años, sin rumbo fijo, desubicado pero no perdido, el primo sentenció que mi estadía sería tolerada si venía acompañada de algún empleo fijo. En pocos días vagando por esa fría ciudad señorial que se remontaba al nacimiento del país nuevomundista, encontré el perfecto refugio en la calle Newbury: una librería que además proporcionaba café, desayuno y almuerzo a los comensales, estudiantes, profesores y ávidos lectores que discurrían alrededor del centro urbano. Mi familiaridad con los libros me consiguió un trabajo de limpiador de mesas cinco días a la semana comenzando a las siete de la mañana.
Luego de mi rutina de acomodar las mesas para los clientes, podía pasear por los estantes y ojear la oferta impresa del lugar. Me acompañaba casi todas las mañanas una joven universitaria que se me presentó como Leslie. Equipada con más voluptuosidad que la mayoría de las mujeres que pasaban por el negocio, su afán por las largas faldas y gruesos pulovers que usaba para atemperar sus curvas, solo me hacían estudiarla con más detenimiento, disimulo y deseo. Los estantes entonces tenían competencia.
Una mañana lenta, nublosa, entre tanto gris arrimado ante las altas ventanas que daban a la calle, le confesé que en la escuela superior me había acostumbrado a no entregar los libros de la biblioteca. Al graduarme tuve que hacer el amago de devolverlos todos. Pero me quedé con uno, aún cundo mi casa ya estaba llena de libros de todo tipo. Como era de esperar, me preguntó por el libro. Le expliqué que era uno de esos grandes libros que describen a lujo de detalles un país, en este caso Nueva Zelanda.
¿Nueva Zelanda? preguntó sorprendida. Eran dos islas al otro lado del mundo que en aquel momento tenían una población idéntica a Puerto Rico - algo menos de 4 millones de habitantes. Pero claro, desplazados por miles de millas cuadradas y características geográficas hermosas. Islas al fin.
Leslie sonrió, agarró el libro que estaba leyendo, abierto bocabajo frente a ella: The Bone People. Lo escribió una mujer de Nueva Zelanda, creo que te puede gustar. Así empezó una amistad anclada en la literatura que sobrevivió unos cuantos años de correspondencia a puño y letra mientras cada uno se hacía camino por la vida. Ella terminó en el norte de California y yo en Boulder, Colorado. Aún conservo la correspondencia y me sorprende al día de hoy el cariño que empapaba sus cartas y que nunca percibí al recibirlas. En mi mente, la idea de una mujer mayor de 24 años interesada en un desnutrido boricua con 20 veranos encima era inconcebible.
Una tarde de esas soleadas que abundan en Boulder entré a la librería epónima y encontré una copia de un libro de cuentos de la misma autora de The Bone People, Keri Hulme, con la cual había hecho historia ganando el prestigioso Booker Literary Prize de Inglaterra con esa, su primera novela. Excelente, de paso, y que se convirtió en uno de los favoritos de esa época de mi querida madre.
Sin embargo, el primer cuento perfecto en inglés que recuerdo comenzaba en la página 73 de su colección Te Kaihau - the windeater. El título arriba en la página leía Planetesimal y la primera oración estaba incompleta: I once knew a girl who
Y debajo continuaba el cuento, cuyo relato regresaba una y otra vez a esa frase incompleta, I once knew a girl who seguido por otro aspecto, otra mirada, otra versión de una chica que... no tenía una palabra demás, una imagen innecesaria, una descripción trillada, un tatuaje que no era un tatuaje, sino otro universo, uno que me había sembrado en mí Leslie una tarde gris de Boston. Es un cuento único, con leves trazos de horror cósmico pero de otro calibre. Posiblemente la primera mujer autora que dejó su marca indeleble en mi formación literaria. La novela, espectacular, también caló hondo en mí.
Sin embargo no compara con la perfección de tres páginas escritas con más contenido, más consecuencia, más constancia que las casi 500 páginas de la novela. Da la casualidad que cuando me ubico aquí a continuar con estos embelecos, estaba justo a mi lado, su colorido lomo evocando a Leslie envuelta en sus largas faldas escondiendo mi primer amor platónico de corte literario.
Tan es así que casi 40 años más tarde recuerdo cada ruedo de sus faldas, las pocas pecas que le daban color a sus cachetes y el verde destello de sus ojos al mencionar Nueva Zelanda, mi primer amor platónico geográfico. Y que gracias a ella aprendí una palabra nueva que tampoco olvido y que sirve de título tanto en inglés como en español.


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